EL ALUD QUE SEPULTÓ A SIETE OBREROS DE LA USINA DE CORRALITO
En Febrero de 1958, un alud en el cerro Puyil, departamento de Rosario de Lerma, Salta, Argentina, sepultó a siete obreros que trabajaban en el túnel N° 2 de la usina de Agua y Energía de la Nación en el río Corralito.
La obra, iniciada en 1954, estaba a cargo de la Compañía de Estudios y de Obras S.A. más conocida como CEDOSA.
El 3 de Febrero de ese año, los trabajadores de la usina habían logrado, luego de dos años de gestiones de la UOCRA, que la Dirección Provincial de Trabajo, declarara insalubre las labores en los túneles. Días después de se logro, el 26 de Febrero , aproximadamente a las 12, una cuadrilla de obreros trabajaba en el túnel de 250 metros de largo. De pronto, uno que estaba afuera vio que desde la ladera del cerro se desprendían piedras. De inmediato y a los gritos, alertó a sus compañeros para que abandonaran el lugar, pero no lo escucharon o no tuvieron tiempo y el derrumbe, en segundos, cubrió el lugar.
Enseguida todos los que estaban en las inmediaciones se movilizaron para rescatar a sus compañeros que fueron topados por la tierra y las piedras.
La primera orden fue que el maquinista, Rafael Guaymás, trajera la topadora que se encontraba a 13 kilómetros más abajo. Guaymás cortando camino tardó dos horas y media, cuando lo habitual era que el trayecto se hiciera en 4.
A las 21.30, todos los hombres estaban en plena actividad de salvataje. Los equipos trabajaban intensamente alumbrados por reflectores, mientras hombres y mujeres del lugar miraban con angustia la cima del Puyil. “De muchos labios surgían oraciones, clamando a Dios por los siete hermanos sepultados en vida”, relató el Tribuno, en su edición del día 28. Mientras tanto, sobre una de las orillas del río Puyil, numerosos obreros con picos y palas trataban de desviar la fuerte correntada.
La Compañía Argentina de Teléfonos dispuso que no se interrumpieran las comunicaciones con Campo Quijano, hasta tanto desapareciera la emergencia. A las 0.30 del día 27, y después de 12 horas de sucedido el alud, el puesto policial de Corralito informó que si bien se desconocía el estado de salud de los atrapados, se sabía quiénes eran.
La cuadrilla, que había ingresado al trabajo a las 6 de la mañana del día 26, estaba integrada por Luis Vial del Canto (jefe de cuadrilla), Fructuoso Hervas Ledesma, Pedro Corbalán, Siles Sandoval, Feliciano Cañizares, Alejandro Tapia y Ángel Torrico.
Con el paso de las horas, un enorme semicírculo de tierra se fue formando sobre las zanjas de ingreso al túnel. En los montones de piedras, grupos de personas miraban el lento trabajo de las grúas y la topadora. Junto a ellos, todos los jefes compartían la angustiosa y silenciosa espera. “Sólo el ruido de la grúa daba vida a la escena. Por lo demás, la quietud y el silencio de los hombres los asemejaba a estatuas”, contó El Tribuno.
Un rato la grúa y otro, la topadora se alternaban en el trabajo. Piedras de gran tamaño hacían lenta la excavación, pero de a poco ésta iba ganando profanidad. Cada tanto, los ingenieros observaban con detenimiento la tierra extraída, buscando señales del túnel. A las 2 de la mañana un viento frío obligó a levantarse las solapas, mientras los hombres vestidos con cascos de mineros, botas de goma y camperas de cuero seguían trabajando incansablemente. Más allá, una gran fogata daba calor al ambiente.
Una hora más tarde, los que llevaban 15 horas de encierro comenzaron a escuchar ruidos del exterior, según se supo después. El tiempo corría y poco a poco el esfuerzo de los hombres y el trabajo de las máquinas, rendían frutos.
Los desplazamientos de las máquinas acercaban a cada momento la posibilidad de dar con el túnel enterrado. Ahora los ingenieros y técnicos revisaban constantemente la tierra hasta que sobre los cerros comenzó a insinuarse el nuevo día.
No había evidencia de que el túnel estuviera cerca, sólo la profanidad del pozo hacía prever que pronto se vería algo. Mientras tanto, había amanecido y ahora el sol mostraba a los rescatistas cansados.
A las 10.20, pro fin, se escucharon las primeras voces de los que llevaban 22 horas sepultados. El trabajo se intensificó y desde adentro, los hombres orientaron la búsqueda de los que trabajaban afuera. Debieron cavar dos metros a la derecha para tocar el techo del túnel. Para entonces, ya se habían removido más de 1.000 metros cúbicos de tierra y piedras.
A las 11.10, por fin salió el primer rescatado. Era Alejandro Tapia. Una salva de aplausos saludó su aparición y poco a poco fueron liberados los seis restantes. Salvo pequeños rasguños, ninguno había sufrido nada.
El Dr. Juan Carlos García, muy recordado en Campo Quijano, revisó a cada uno de ellos y constató su buen estado de salud.
Esa vez, Corralito no se cobró ninguna víctima pero en su haber ya tenía cuatro muertos, cifra que al finalizar la obra, en 1960, se había duplicado.
Extractado de: www.eltribuno.info